jueves 19 de noviembre de 2009

¿Qué es el Bullying?

http://www.youtube.com/watch?v=lb_23FbSHmY

Y sí, aún quiero ser profesora, pero con miedo

http://www.youtube.com/watch?v=aQsO1OYB6pk

¡Qué viva la Aldao!

Copio y pego de la Voz de Galicia, edición del 18 de noviembre de 2009

El miedo al alba de Aute y Aldao
El ciclo «Poetas di(n)versos» arrancó anoche con un abarrote en Salvador de Madariaga para el primero de los recitales

Les separan casi tres décadas y les une el temor al alba, al día que se avecina. Él lleva años cantándolo: «Si te dijera amor mío, que temo a la madrugada, no sé qué estrellas son estas, que hieren como amenazas». Ella lo cuenta en un poema, uno de los que recitó anoche en la abarrotada casa de cultura Salvador de Madariaga, en la calle Durán Loriga: «Supoño que son demasiado inestable no que a amenceres se refire, e non chegarían os dedos da cidade para contarche as veces que o fixen mal...». Luis Eduardo Aute (Manila, Filipinas, 1943) y Lucía Aldao (A Coruña, 1982) mostraron anoche sus versos en el estreno del ciclo Poetas di(n)versos, puesto en marcha por la Concejalía de Cultura. María Xosé Bravo habló de la abarrotada entrada como «un espazo para a palabra estremecida que diría Manuel María», del que recitó un poema sobre el poema, «un ser vivo que nunca morre», decía el poeta chairego. La concejala también evocó a Celaya y a Pessoa para sentenciar que la poesía «ten un futuro espléndido».

La presentadora y coordinadora de este ciclo, Yolanda Castaño, calificó el mismo como «un luxo arelado», convocando luego a los presentes a volver «os martes de mediados de mes» para escuchar «voces de aquí e de acolá», autores de todas las lenguas de la península Ibérica y de diversos géneros.

Romper la solemnidad

Lucía Aldao, que participa como cantante en varios proyectos con una voz que quienes la conocen califican como magnífica, hizo gala de la frescura, de su capacidad de romper la solemnidad de este tipo de recitales bromeando, «para os que veñen de fóra, que saiban que aquí habitualmente os recitais poéticos facémolos no estadio de Riazor». Al concluir el recital una de las asistentes valoraba por teléfono lo hecho por la poeta: «Está abarrotado e recitou moi ben, encantoume...».

Entre los poemas que recitó Lucía Aldao estaba un irónico y divertido «Sostiene Aldao», evocando a Tabucchi, y en otros relacionados con el amor, o el desamor, no faltaba el requiebro final de un número de nueve dígitos, el de su teléfono móvil. A Aute también le gustaron sus poemas y los elogió, después de pedirle un bis.

Aute optó por los Poemigas; «son ocurrencias, juegos de palabras; ni greguerías ni haikus; les puse ese nombre por si pudieran tener alguna miga de poesía». Divirtió a la concurrencia, que ya se citó para el 15 de diciembre con Luis García Montero y Luz Pozo Garza.

sábado 7 de noviembre de 2009


Un hombre no soporta tener a una mujer como rival sentimental

viernes 16 de octubre de 2009


Como bañarse desnuda en el agua salada
como el sabor a helado de limón...
Como el olor a café y tostadas
como alcanzar un tren que se escapa...

domingo 4 de octubre de 2009

Posiblemente ausente

Como algunos ya sabéis, empiezo el "Máster Universitario en Profesor de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de Idiomas" mañana en Salamanca. Este año no voy a ir y venir, me quedo allí en un piso, a pesar de que estoy también matriculada en la Escuela de Magisterio de Zamora. Una burra, así soy yo. Aunque el primer contacto con Magisterio no me entusiasmó, no voy a darme por vencida por dos clases, aunque si el sentimiento hacia la carrera sigue como hasta ahora, mucho me temo que la voy a dejar. El título del post responde a una de mis mayores inquietudes al irme a vivir a Salamanca, no tengo ni idea de si tendré acceso a internet en el piso o no, y eso implica que escriba más o menos. Aunque todo este tiempo he tenido internet y he escrito bastante poco,ya me conocéis, aunque sujeta a vaivenes, siempre vuelvo.

martes 18 de agosto de 2009

LA HABITACIÓN DEL HIJO

Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros –ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería–, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras.

Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos.

Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria.

Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas».

Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas –a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño–: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir».

Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena.



PATENTE DE CORSO, POR ARTURO PEREZ REVERTE